El 6 de agosto de 2007 falleció doña Rosita
Acosta, hija de don José Ignacio Acosta y María
Luisa Ramírez quienes se dedicaban a la agricultura
y la ganadería.
Caracterizada siempre por su generosidad
y su compromiso con la población necesitada, doña
Rosita estableció en el año 2000 una cláusula
donde notificaba la donación de la casa de la
familia Acosta a la Fundación San Vicente de Paúl.
Haciendo caso a la voluntad de doña Rosita, los
Vicentinos recibieron el considerable legado. La imponente
construcción fue heredada en un comienzo por
los padres de Rosita; fue el regalo de bodas que don
Andrés Ramírez y Rosita Castillo le hicieron
a su única hija María Luisa y a su esposo
José Ignacio. Es sin duda alguna con una gran
historia, la casa y quienes allí vivieron. Cuenta
don Hernando Acosta que en la casa paterna compartieron
los mejores años de su vida, él y sus hermanos.
Fueron seis hombres, Miguel Antonio, José Ignacio,
Hernando, Gustavo, Alfredo, Luis Andrés; y dos
mujeres, Lilia y Rosita. Rosita se destacó siempre
por ser muy elegante, su madre María Luisa encargaba
los mejores paños para la ropa de sus dos hijas.
Ellas disfrutaban las visitas de los gitanos a quienes
compraban además adornos para la casa. Rosita
nunca se casó, se dedicó a la compañía
y al cuidado de su madre. Le encantaban las visitas y
los paseos, alquilaban casas en Tocancipá, Fusagasugá,
en Cachipay, en Villeta, siempre iban las dos a pasar
allí sus días de descanso, allá llegaban
después don Hernando y sus hermanos. “A
mi hermana le gustaba mucho escuchar música en
una vitrola que teníamos, iba todos los día
a misa junto con mamá, cumplía con las
limosnas, fue muy generosa siempre” Cuando muere
doña María Luisa, Rosita hereda la casa;
vive un tiempo con sus hermanos José Ignacio y
Luis Andrés, cuando ellos mueren Rosita continúa
allí con los empleados del servicio; bordaba y
se dedicaba a las obras de caridad en San Vicente de
Paúl; son los consejos de su amiga Elvirita la
que la llevan a donar la casa a los vicentinos.
La casa se caracterizó siempre por sus elegantes muebles, curiosos baúles,
sus anaqueles, loza fina, una delicada mantelería, un detallado costurero.
Doña Rosita dejó un inventario de todo lo que allí se encuentra,
en la actualidad el documento está en manos de los vicentinos.
La generosidad de esta dama dejó a San Vicente de Paúl una casa
que bien podría convertirse en un importante museo para el municipio;
un lugar al que soposeños y turistas puedan visitar y recorrer. Una riqueza
arquitectónica, un patrimonio cultural que ojalá, en un futuro,
haga parte del patrimonio y del inventario de Sopó.
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