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El
pasado 17 de junio los colombianos celebraron el “día
del padre”, esos personajes que gracias a su dedicación
paternal y sabiduría adquirida durante el difícil
oficio de criar a un hijo, se convierten en figuras ejemplares
de protección para su familia; Miguel
Antonio Rodríguez Donosso fue conocido como “Papá Miguel” por
ayudar a las mujeres soposeñas en sus partos y
recibir a más de 1.600 niños.
Este
gran hombre nació en Sopó el
20 de diciembre de 1908 y desde ese día hasta su muerte, el 7 de abril
de 1988 demostró ser una persona con inmensa capacidad humana y compromiso
social con su comunidad. |
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“ Don
Miguelito“ fue: médico empírico,
partero, dentista, concejal, personero, alcalde,
corresponsal y agente del periódico El Tiempo,
mayordomo de fábrica de la parroquia, y
fue ante todo, Papá Miguel. Hijo
de Don Miguel Rodríiguez y Doña Carmen
Donosso, quienes por aquella época eran los
administradores de la Hacienda La Armenia. |
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"
Sensibilidad”, parece ser ella la que trazó la vida de Miguel
Antonio Rodríguez. Un hombre con un corazón tan grande no podía
estar alejado de una historia de amor shakesperiano muy al estilo de Romeo y
Julieta, con la diferencia de que los encuentros con su amada de la juventud,
Ana María, no eran en un balcón sino en un hermoso jardín.
Con la intención de realizar sus estudios en farmacia, a sus 17 años
y aconsejado por su hermano Carlos Rodríguez, farmaceuta en el Hospital
San José, el joven Miguel viaja a la capital del país, una Bogotá que
por aquella época era muy distante del Sopó donde había
nacido. Tiempo
después se entera que la niña del jardín
se había casado con otro personaje reconocido de la época, Efraín
Rodríguez. A
sus 19 años regresa a Sopó para contraer matrimonio con Julita
Amaya, quien en ese momento tenía 50, y a quien la tranquilidad de esa
impensable unión le ofreció 54 años
más para permanecer juntos. |

Miguel
con su esposa Julita en el jardín
de su
casa, “ La Begonia” |
Una
vez casados viven en la Casa “La Begonia”, ubicada
frente a lo que fue Telecom, y es allí donde
Miguelito abre La
Farmacia Rodríguez Donosso, e inicia entonces su recordada carrera como
médico empírico.
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| Doña
Luz Robayo se encontraba aquel día en la Hacienda
la Trinidad, cuando los dolores del parto tocaron la
puerta de su vientre. Fue entonces cuando su esposo
Isidro Maldonado salió a llamar a Miguelito,
quien emprendió el recorrido hacia la casa.
Una vez en la habitación, junto a su colaboradora,
como dice doña Luz, Don Miguel se colocaba su
bata blanca, mandaba a calentar el agua, desinfectaba
pinzas y tijeras y exigía el fajador. Mientras
el dolor aumentaba, Miguelito con una voz suave le
expresaba frases de aliento: “tranquila mijita,
que todo va a salir bien...” luego con un aceite
especial presionaba
la barriga, volvían las palabras de ánimo, hasta que el pequeño,
en este caso Isidro, estremecía a todos con su primer llanto. “Don
Miguelito les cortaba el cordón umbilical, los bañaba, los fajaba,
los ponía lindos y luego los entregaba diciendo, mire usted que hermosa
criatura...”cuenta con emoción doña Luz. Después del
parto realizaba dos o 3 visitas más. La historia se repitió años
después cuando dio a luz a su hijo William; la misma escena la vivieron
cientos de madres soposeñas con Don Miguel. |
Miguelito
en el matrimonio de su hermano Jesús, con algunos
de sus hermanos y familiares |
| Las
manos de Miguelito recibieron aproximadamente a 2.000
niños en el
municipio de Sopó, él llevaba un registro de cada uno de los partos
atendidos, sería satisfactorio encontrarlo algún día. En
su familia recibió a más de 30 y debido a esto se le atribuyó el
apelativo de Papá Miguel. “Era el papá de todos; los niños,
los adultos, las señoras, todo el mundo le decía Papá Miguel
o Papá Miguelito” recuerda su sobrino favorito e hijo adoptivo Camilo
Rodríguez. Cuenta además, que en varias oportunidades atendía
los partos a domicilio, “él cogía su carro y arrancaba; muchas
veces quedaba a mitad de camino, pero así fuera a caballo o a pie, llegaba
a cumplir con su labor. Era supremamente generoso, y cuentan que en más
de una ocasión, cuando la familia era demasiado pobre, él se quitaba
la camisa y la ponía al recién nacido como pañal o como
faja”. |
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| La
Farmacia Rodríguez Donosso, ubicada en la carrera
3ra. No.
3-70 se convirtió en sitio de visitas asiduas por parte de la comunidad
soposeña. Enfermos
y con el tiempo alentados, como se decía en
la época, se acercaban allí a consultar, a encargar medicinas,
a recibir el diagnóstico del que fue por mucho tiempo el médico
oficial del municipio. |
| En
aquel tiempo en cuanto a medicamentos, cuenta su sobrino
Daniel Rodríguez, “se imponía la famosa fórmula magistral,
el manejo de la droga blanca que llamaban, casi no había laboratorios,
y Miguelito viajaba a Bogotá, compraba los frascos y preparaba los remedios
solicitados”. Como aparece consignado en la etiqueta, su farmacia era un “esmerado
despacho de fórmulas” y esmerado, también, era él
en su oficio. |
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| “Miguelito
tuvo el don de ser un verdadero médico, el don
de comunicarse con los seres humanos y con el enfermo” cuenta
Margarita Fonseca, quien fue una de sus pacientes.
Y confirma su comentario explicando el don especial
que tenía Papá Miguel: “cuando
uno llegaba
enfermo, lo primero que hacía era colocarle a uno la mano sobre el hombro,
luego preguntaba –bueno ... qué le pasa, qué tiene, porqué vino– y
en ese mismo instante empezaba la curación”. Curaba de todo, fue
dentista, atendía suturas y como pediatra era acertadísimo. Demostraba
siempre su generosidad, no cobraba la consulta, solo la droga; quién tenía
para pagarle bien, sino, no había problema alguno. No solo imponía
sus manos, imponía su humanismo, imponía su solidaridad. |
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Miguelito con Camilo, su sobrino favorito |
Don
Miguel también asistió el parto de Camilo
Rodríguez, su sobrino preferido. “Papá Miguel
siempre me trató como si en realidad fuera su
hijo y el sentimiento era mutuo” cuenta Camilo. “Ante
un problema no era indiferente; no castigaba con golpes,
todo lo solucionaba con cariño; fuimos muy allegados
y buenos amigos; del él solo brotaba cariño”.
Inés Rodríguez de Prieto su ahijada, cuenta: “el fue mi padrino
de bautismo porque era muy allegado a mis padres. No sé como describir
tanta belleza y tanta bondad; era comprensivo, muy formal, cuando uno estaba
enfermo desaparecían los dolores con solo verlo. En mi cumpleaños
y en navidad me regalaba lindos vestidos que él mandaba a hacer. |
¡Qué no
me daba él!... ¡qué no me compraba!...
me recibió y
a seis de mis nueve hijos también; fue como un papá para mi”.
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Aquel
hombre interesante, alto, con piel trigueña,
ojos claros, voz afable, un temperamento jocoso, hizo
de todo y por todos. Papá Miguel fue presidente
de la junta del centro, fue concejal, fundador del
Hospital Divino Salvador; personero en 1961; alcalde
entre 1967 y 1968. Era amigo de la buena mesa y del
buen vestir, siempre andaba muy elegante.
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| Tenía
una vitrola en la que escuchaba música clásica,
no era muy parrandero, aunque pertenecía a la
junta de ferias y fiestas. Cuenta Camilo, su sobrino,
que en aquella época tenía una finca llamada San Carlos, ubicada
por los lados de Alpina, y una vez al año, durante uno o dos meses él
iba allí a descansar; dejaba a un lado las consultas y los pacientes y
se dedicaba a las labores del campo, a los caballos, y a lo que más lo
apasionaba, la caza de palomas. Uno
de sus amigos más fieles fue Dorky, un perro que
lo acompañaba día y noche en sus diferentes
recorridos;
incluso en las madrugadas cuando salía en su carro a atender algún
parto, el perro iba tras él vehículo, lo esperaba durante horas
y luego regresaban juntos a casa. |
Miguelito
era amigo de la buena mesa.
Aquí en una cena familiar |
| Cuando
estaba muy cansado le gustaba ir de caza; y entonces
junto a su inseparable compañero emprendía ruta
hacia Puente Adobes. Allí Miguelito apuntaba, la presa caía, Dorky
corría hacia ella y la llevaba con ligereza a las manos de su amo. Pero
como dice Camilo, quien cuenta esta parte de la historia “muchas veces
lo que uno más quiere tiene un final trágico”. En alguna
ocasión, estando en la finca llegó una señora que asustó al
perro y éste le rasguño la cara; la doña entabló una
demanda contra Papá Miguel; por aquella época los del departamento
de higiene, para comprobar que el animal no estuviera enfermo exigían
que lo mataran y le quitaran la cabeza, y fue él mismo, con todo el dolor
del mundo, quien tuvo que decapitar a Dorky, “yo creo que en ese momento
Papá Miguel se sintió morir”. |

MIguelito fué miembro
del Club de Leones en los años 60's |
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| Era
una de sus frases más frecuentes, con lo que
demostraba ser un hombre optimista y racional a la
vez. Hacia sus 65 años, poco antes de la muerte
de su compañera Julita, a Miguelito le diagnosticaron
un cáncer de estómago, no le daban más
de seis meses de vida, pero gracias a los cuidados
del Dr. de la Hoz quien supervisó su enfermedad,
Miguelito se curó; atribuyeron la acción
también a un milagro de “Mi Padre Jesús”.
Entre controles y tratamientos, Papá Miguel
vivió 15 años más, tiempo en que
la enfermedad volvió a aparecer en otras partes
del cuerpo, y fue en ese momento cuando el Dr. de la
Hoz le formuló una droga, al parecer para precipitar
un infarto y evitar el sufrimiento a quien dedicó toda
su vida a aliviar dolores. |
Miguelito,
a la derecha en su cumpleaños
80 con su hermano Luis María
y su nuera adoptiva María Dárabos,
quienes cumplian años en
la misma
fecha, el 20 de diciembre |
Bertha
Saboyá, quien fue su asistente en la farmacia,
su segunda esposa y compañera en la etapa terminal
de su enfermedad, le advirtió sobre el peligro
del medicamento, aunque aquí la experta no era
ella, quien fue por muchos años él médico
más querido de Sopó sabía perfectamente
las implicaciones de tal droga, sin embargo él,
con firmeza pero sin dejar de lado la simpatía
y la ternura que siempre lo caracterizó dijo: “el
médico me la formuló y yo tengo que tomarla”,
sabía perfectamente lo que iba a pasar. El
7 de abril de 1988, entre las begonias que marcaron
su labor y su existencia, Papá Miguel muere
de un infarto, demostrando con ética y desmedido
corazón, que “todo, todo, tiene arreglo
en esta vida”. |
"Don Miguelito era tranquilo y sereno, un verdadero médico
en el
sentido
profundo de la palabra."
Margarita Fonseca de Valderrama
"El pizco era interesante; bien plantado, alto, trigueño,
ojos
claros, buen mozo, muy bien vestido...
tuvo muchas admiradoras."
Daniel Rodríguez Prieto
"Fue
un hombre trascendental e importante no solo para el municipio, sino para la
comunidad en general; extraordinario personaje,
de una personalidad insigne."
Marco Fidel Moreno
"No se afane mijita,
que todo, todo tiene arreglo en esta vida.
Eso, él siempre lo decía."
Inés Rodríguez
"...ah!!! y otra
cosa, él
fue un gran defensor del partido conservador."
Marco Fidel Moreno
Periódico
El Hablador • Especial mes del padre • Sopó,
Colombia, junio de 2007
Investigación y redacción
Carolina Cano Cassiani • Diseño y diagramación
Julián Rodriguez C.
Fotografías Cecilia
de Rodríguez y Camilo Rodríguez • © Derechos
Reservados |
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© 2007
El Hablador. Todos los derechos reservados.
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